Lejos de encontrar una solución a la guerra entre Rusia y Ucrania que lleva años castigando la zona desde la anexión rusa de la península de Crimea, el conflicto sigue agravándose y extendiéndose a todas las áreas: militar, diplomática, social y económica. Ahora, también a la religiosa: el pasado lunes el sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa anunciaba que rompe sus lazos con el Patriarcado de Constantinopla, lo que supone la ruptura más grande en el seno de la Iglesia ortodoxa desde el Gran Cisma de 1054.

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En todo caso, esta ruptura no ha sido buscada por Rusia sino consecuencia de los movimientos de Ucrania para independizarse, también, del “dominio” ruso en la vertiente espiritual. Durante siglos, la mayor parte de los creyentes ortodoxos ucranianos habían obedecido a un mismo patriarcado, el de Moscú, pero la grave confrontación entre ambos países ha terminado por trasladarse al terreno religioso con la decisión del patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, de despejar el camino para la independencia de la Iglesia ortodoxa ucraniana. Este deseo de independencia religiosa ucraniana no es, en todo caso, nuevo. Ya en los años 90, con el colapso de la Unión Soviética, el patriarca Filaret, líder de la Iglesia ortodoxa de Kiev, intentó independizar a la Iglesia ucraniana de Moscú, pero en aquel momento su intención solo le sirvió para ganarse la excomunión, acusado de querer crear un cisma dentro de la segunda religión cristiana con más fieles en el mundo – 300 millones -, solo por detrás del catolicismo, con 1.200.

Sin embargo, ahora las cosas son muy distintas. Tanto, que el sínodo de Constantinopla anunciaba el pasado 11 de octubre que se revocaba la excomunión de Filaret y se concedía autocefalia, es decir la independencia, a la Iglesia de Ucrania, atendiendo la petición de un grupo de ortodoxos ucranianos apoyados por el presidente Petrós Poroshenko. Como no podía ser de otra forma, Moscú no tardaba en reaccionar anunciando su ruptura con Constantinopla y comparando la situación actual con el Gran Cisma de 1054 que separó el cristianismo oriental y occidental, a la vez que advertía que esto podría llevar a una ruptura irreversible en la comunidad ortodoxa de todo el mundo.

Hay que tener en cuenta que Kiev fue el punto de partida y origen de la Iglesia ortodoxa rusa. El lugar donde el príncipe Vladimir, figura eslava medieval reverenciada tanto por Rusia como por Ucrania, se convirtió al cristianismo en el año 988 y que la catedral de Sofía, en la capital ucraniana, es un símbolo para la religión ortodoxa de todo el este de Europa. Por eso, la ruptura supone un golpe al sistema de los emblemas nacionalistas que lleva a gala Putin, además de la pérdida de algunos de los grandes símbolos históricos, como el monasterio de las Cuevas de Kiev o la citada catedral de Santa Sofía, que pasarán a ser enteramente ucranianos.

Sin olvidar que esta escisión puede hacer que Rusia vea disminuido en un 40% el número de sus fieles, ya que más de un tercio de los ortodoxos de la Iglesia de Moscú son ucranianos y que perderá más de 12.000 parroquias, con sus correspondientes edificios y contribuciones pecuniarias. Unas estimaciones con las que, en todo caso, no están de acuerdo en el patriarcado de Moscú, para quien el verdadero problema está en que la “nueva iglesia” lleve a la toma violenta de templos en Ucrania y a más derramamiento de sangre. Y también, que una vez cumplida la amenaza de Moscú de romper con Constantinopla, la Iglesia ortodoxa oriental se arriesgue a ser más débil y, sobre todo, más pobre, porque pierde al único país de la región que contribuye con importantes sumas de dinero.

Una vez más, política y religión se encuentran en el camino. Porque Ucrania es de gran importancia estratégica para Rusia por su acceso al mar Negro, su población cercana a los 62 millones de personas y por su situación geográfica dentro del territorio europeo, pero la identificación de la Iglesia ortodoxa rusa con el Estado desde la época imperial de los zares hasta incluso con el comunismo, ha hecho que en Ucrania no quieran seguir obedeciendo al patriarcado ruso. Especialmente teniendo en cuenta que en la actualidad la Iglesia ortodoxa rusa y, más en concreto, su patriarca Cirilo I, comparte muchos de los mensajes nacionalistas y patrióticos del presidente Putin que se resumen en la idea de un “mundo ruso” donde Ucrania, Bielorrusia y Rusia forma un único y mismo pueblo con una única iglesia y cultura.

“Ya no podremos celebrar más oficios conjuntos, nuestros sacerdotes no podrán más participar en las liturgias con las jerarquías del Patriarcado de Constantinopla”, confirmaba este lunes, desde la localidad bielorrusa de Minsk, el obispo Hilarión, jefe de la diplomacia de los ortodoxos rusos. Mientras que, por su parte, el presidente de Ucrania, Petró Poroshenko, se apresuraba a asegurar que está desilusionado con la decisión del Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa del Patriarcado de Moscú de romper la plena comunión con el Patriarcado de Constantinopla, con sede en Estambul.

Que todos pierden parece claro, pero Ucrania en pleno enfrentamiento con Rusia no podía seguir manteniendo el dominio ruso en el plano religioso mientras lucha por su verdadera independencia en todos los demás frentes que siguen abiertos.

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