A pesar de los años vividos y de las indomables canas que ya no se esconden con facilidad, la mayoría hemos vuelto a vivir la noche del 31 de diciembre y el día 1 de enero como una especie de mágico ritual para llamar a la esperanza, a tiempos mejores.

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Igual que si en los pocos instantes que separan un día del siguiente todo pudiera darse la vuelta, pasar del negro al blanco, situarnos de nuevo en la casilla de salida. Como si se tratase de una nueva oportunidad. Borrón y cuenta nueva.

Hay que empezar con buen pie. Al menos, con el fugaz pero potente convencimiento de que esas promesas que hacemos de cara al futuro más inmediato se verán cumplidas, no tanto gracias a nuestra disciplina, sino más bien al hecho, que imaginamos mágico, de pasar de un año al siguiente arrancando la última página del calendario ensimismados en el trance de intentar reinventarnos…

Otra vez.

Suele decirse que “quien nace lechón, muere gorrino” para contradecir la idea de que todos podemos volvernos del revés como un calcetín, si nos lo proponemos. Yo, en mi proverbial inocencia, sigo queriendo creer que uno puede cambiar, sobre todo si es la vida la que se encarga personalmente de ponerte del revés. En esas épocas en que toca caminar con pasos titubeantes después de haber llegado a un oscuro puerto sin posibilidad de amarre.

La teoría es que aquello que hagas durante los primeros días del nuevo año será lo que marque los 361 siguientes. Por eso, hay quien sale de casa después de las uvas arrastrando una maleta para dar tres vueltas a la manzana y asegurarse así viajes durante todo el año. O quien, como en Estados Unidos, piensa que si no empieza el año dando un beso se arriesga a vivir en soledad los 12 meses que restan. Nos vestimos con ropa interior roja para atraer el amor y brindamos con una copa que tenga un objeto de oro en su interior, para invocar la riqueza.

En Italia no faltan las lentejas a medianoche, símbolo romano de la abundancia, y en otros lugares del mundo se arriesgan a romper la vajilla contra la puerta, tirar trastos viejos por la ventana o saltar desde lo alto de una silla. Cualquier cosa vale, cuanto más extravagante mejor; lo importante es hacer algo distinto que rompa y marque, al mismo tiempo, el pretendido cambio en la dirección del viento que nos empuja.

En realidad, lo único especial de los primeros días de enero se traduce en buenos propósitos, algunos más factibles que otros. Promesas de metamorfosis que sólo en pocos casos dependen únicamente de nosotros, pero que consuelan a base de permitirnos imaginar que la vida está en nuestras manos. Que podemos decidir casi  cualquier cosa. Lo nuevo tiene el poder de arrancarnos un escalofrío en el alma, porque lo desconocido aún guarda en su misterio muchos anhelos que ni siquiera nos atrevemos a confesar a nosotros mismos. Y cuántas veces, sin embargo, lo nuevo es simplemente flor de un día.

Potente luz que ciega y esconde en las sombras lo viejo, eso que todavía resiste pero que ya ni siquiera vemos. Aunque sea lo único que ha permanecido fiel a los irremediables vaivenes de la vida. Ajado, sí, pero constante, auténtico, sincero. Vivimos en la era del cambio, de la veleidad. Los objetos nacen para ser reemplazados y los sentimientos se admiten pensando desde el principio que no son inmutables. Sin embargo, es en lo viejo, en lo experimentado, lo vivido, donde se encuentra la posibilidad de la transformación, de esa ansiada mejora.

Nos atrae lo inesperado con la misma intensidad que nos provoca pánico. En todo caso, lo seguimos invitando. Cada primero de año. Esa contradictoria ocasión en la que aspiramos a cosas nuevas a través del curioso rito de hacer siempre las mismas. Como escribió Ambrose Bierce: “No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos”. Están en casa, en el trabajo, entre los amigos, en la calle. Y, de manera especial, están dentro de nosotros. Quizá, un buen propósito para 2018 sea empezar a buscarlas. Sin miedo. Feliz cambio (o no) para todos.

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