Cuando el presidente chino Xi Jinping decidió iniciar una campaña anticorrupción, nadie imaginaba que la misma se convertiría en la mayor “purga” de funcionarios del Partido Comunista desde los tiempos de Mao Zedong.

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Los analistas internacionales y los opositores al régimen comunista chino en el extranjero coinciden en calificar a la autodenominada campaña anticorrupción de Xi Jinping como una despiadada purga en las entrañas del Partido que ya arroja un saldo de más de más de un millón de oficiales disciplinados. Entre ellos, el “recién” encontrado director de Interpol, de quien hemos sabido su destino porque Grace Meng, su esposa, acudió a la policía de Lyon, sede de la central de Interpol, para denunciar la desaparición, en lugar de “esperar” noticias de su gobierno. Ella decidió no quedarse callada y no solo implicó a la policía gala, sino que se atrevió incluso a hablar con la prensa – eso sí, de espaldas a la cámara – expresando ante los medios su temor por la seguridad de su marido y pidiendo ayuda a la comunidad internacional para aclarar su paradero.

Por supuesto, su denuncia no sirvió para ayudar a su marido. Tampoco el hecho de que ocupara el máximo cargo en un organismo internacional y residiera en Francia han cambiado su situación. El destino de Meng estaba decidido, igual que el de otros muchos dirigentes chinos que han ido cayendo durante la campaña anticorrupción del presidente chino. Quizás, en su caso, ha servido para “obligar” a China a tener que dar “explicaciones”. Y no debe de haberle gustado mucho. Pero tras doce días de silencio, el órgano anticorrupción chino – Comisión Nacional de Supervisión – emitió un breve comunicado sobre la detención de Meng, quien también fue viceministro de Seguridad Pública del Gobierno hasta su polémico nombramiento como director de Interpol a finales de 2016.

Esta ha sido la única diferencia del caso Meng en relación a los cerca de 200 ministros y oficiales de alto nivel que han sido despedidos antes de acabar en prisión, acusados de cargos como corrupción, mal comportamiento y transgresión de la disciplina del partido. En definitiva, como resultado de una masiva purga interna de oponentes de dimensiones que no se habían visto desde la llamada Revolución Cultural de Mao Zedong que le sirvió para deshacerse de muchos altos (y molestos) mandos.

En los últimos cinco años, se calcula que solo del poderoso Comité Central del PCC han caído más de 40 miembros, es decir, casi tantos como los que sufrieron la misma suerte entre 1950 y 2012. Se calcula que casi millón y medio de oficiales de todos los niveles han sido apartados en estos años de la era Jinping, acusados de corrupción e indisciplina. Y no solo de todos los niveles, “tigres y moscas”, también de cualquier área: jefes de aldeas, gerentes de fábricas, ministros del gobierno o generales. Tampoco se han salvado los veteranos, como Zhou Yongkang. Al mando de los servicios internos de seguridad hasta su jubilación y tercer líder más veterano de China, fue uno de los primeros en caer. En 2015, fue condenado a cadena perpetua por cohecho, abuso de poder y revelación de secretos de Estado.

O Guo Boxiong, que sirvió durante el régimen del antecesor de Xi, y se convirtió en 2016 en el militar de mayor rango que haya sido procesado desde el final de la revolución de 1949. Fue sentenciado a cadena perpetua por cohecho. Lo mismo que Ling Jihua, consejero de confianza de Hu Jintao, que fue rápidamente degradado bajo el mandato de Xi y finalmente condenado a pasar su vida tras las rejas por cohecho, justo después del escándalo provocado por la muerte de su hijo a lomos de un Ferrari y desnudo. Los escándalos son el otro pecado que Xi no perdona.

En todo caso, el área que ha sido sometida a una mayor purga corresponde al Ejército, donde se ha investigado y despedido a más de 60 generales como parte de un plan para insertar un estilo occidental de mando conjunto y poner oficiales jóvenes en los puestos de mando. La desaparición de los generales Fang Fenghui y Zhang Yang ha sido, no obstante, la única que ha trascendido.

Mientras, Jinping ha ido cubriendo tanta vacante con sus fieles amigos y aliados. Entre ellos, Li Zhanshu, ex jefe del partido en una región vecina a la de Xi, que en 2015 aparecía en Moscú como “representante especial” del presidente chino y desde entonces juega un papel importante en el mantenimiento de relaciones cercanas con Rusia. O Chen Min’er, quien forma parte del “Nuevo Ejército de Zhijiang”, el grupo de los que trabajaron bajo las órdenes de Xi cuando era secretario del partido en Zhejiang.

Por su parte, Wang Huning está considerado como el mayor consejero del mandatario chino en asuntos de política exterior, y Liu He – máster en Administración Pública por Harvard – como el principal consejero de Xi en materia económica. El PCC ha gobernado por consenso durante décadas, pero los analistas dicen que Xi está reescribiendo las normas y concentrando el poder en sus propias manos. Sus críticos lo acusan de fomentar un culto a la personalidad y señalan el hecho de que la mayoría de los altos cargos que han sido disciplinados apoyaban a sus oponentes o antiguos mandatarios.

Pero las “desapariciones” no han afectado únicamente a políticos y militares. Importantes empresarios de China y Hong Kong llevan años desapareciendo de forma enigmática, aunque algunos reaparecieran meses después tan misteriosamente como se esfumaron. No todos. La cadena de información económica Bloomberg hablaba a finales de 2016 de 36 ejecutivos chinos de distintas empresas de quienes no se sabía nada. Por entonces, en plena crisis bursátil china, muchos magnates chinos, los más importantes del país, desaparecieron sin dejar rastro. Fue el caso del millonario Zhou Chengjian, presidente de la empresa textil Metersbonwe. Lo único que trascendió fue el comunicado que la propia empresa publicó anunciando que suspendía sus acciones en la Bolsa de Valores de Shenzhen y asegurando que desconocían el paradero de Chengjian.

Quizás con la renuncia, Chang Xiaobing, el CEO del gigante de telecomunicaciones de propiedad estatal, China Telecom, pretendía evitar males mayores. No lo consiguió. Días después de dimitir del cargo, desapareció. Todo su entorno dio por sentado que había sido arrestado por la policía o agentes del gobierno. Yim Fung, presidente y CEO de Guotai Junan International Holdings, Chen Jun y Yan Jianlin, dos altos ejecutivos de Citic Securities, y Zhang Yun, el presidente del Banco Agrícola de China, son otros de los nombres que engrosan la lista de desaparecidos que nadie busca porque en realidad todos suponen su paradero. Si algo tienen en común estos hombres, aparte de su éxito en el mundo de los negocios, es que antes de desaparecer estaban siendo “investigados”. En algún caso, no se descarta que el propio empresario, advertido del inicio de la correspondiente investigación, tuviera tiempo para huir y esconderse. Porque, se trate de maniobras del ejecutivo chino para purgar el partido y castigar desmanes de millonarios o no, el problema en la “nueva” China sigue siendo la dificultad de poder defenderse en un juicio trasparente. Y todos saben que se enfrentan, incluso, a una ejecución.

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